Historia del Colegio
Si bien hay ciertas referencias sobre algunos personajes que se pudieran identificar como arquitectos en las épocas prehispánica, de la colonia y en el período post revolucionario, es hasta la primera mitad del siglo XX, con profesionales que estudiaron en otras partes del país o en el extranjero, cuando se integra la primera Asociación de Ingenieros y Arquitectos de Yucatán, entre otros, por los arquitectos Manuel Amabilis, Carlos Castillo Montes de Oca, Leopoldo Tommasi López, Miguel A. Cervera, los ingenieros civiles Manuel J. Castillo Montes de Oca y José Flores Cámara, y los más jóvenes arquitectos: Jorge R. Ávila Palma, Enrique Manero Peón, Alberto Castillo Zavala y Felix Mier y Terán.
Posteriormente, y con varios de quienes integraron la primera Asociación y de otros jóvenes arquitectos que regresaban al patio, entre los años de 1969 y 1973, nace y muere el Colegio de Arquitectos de Yucatán, A. C. De éste Colegio solamente fueron presidentes: Enrique Manero Peón (1969-1971) y Alberto Castillo Zavala (1971-1973).
Hacia el año de 1975, el Arqto. Antonio Fuentes Flores, Presidente de la Federación de los Colegios de Arquitectos de la República Mexicana, se propuso integrar y consolidar a todos los colegios de arquitectos del país, con la mira puesta en el Congreso Mundial de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) a celebrarse en la ciudad de México en el año de 1978, así que un buen día, se apareció en Mérida para promover el resurgimiento del Colegio, el Arqto. Julio César Cifuentes Constantino, presidente del Colegio de Arquitectos de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y coordinador de la Región VIII del país, que en ese entonces agrupaba a los Colegios de Arquitectos de Tabasco, Oaxaca, Chiapas, y los virtuales de Campeche y Yucatán; no había Colegio en el entonces territorio de Quintana Roo.
Después de varios meses en que se intentó sin éxito rescatar al mencionado Colegio del estado de coma en el que se encontraba, no quedó más remedio que inducirle una muerte digna y purificada con fuego, evento sublime, muy al estilo de Fray Diego de Landa en el acto de fe en Maní, convirtiéndolo en la semilla del nuestro y que, como el ave fénix, surgió de las cenizas de aquél.
El 2 de mayo de 1976, empieza propiamente nuestra historia, cuando ante Notario Público, se constituye el Colegio Yucateco de Arquitectos, A. C., con 16 agremiados que se acreditaron con título y cédula profesional y tres más, que no aparecen en la escritura constitutiva ya que, si bien habían concluidos sus estudios, no estaban titulados. La primera mesa directiva para el período 1976–1978 quedó integrada por quien les habla como presidente; Eric Eduardo Díaz Palma como vicepresidente; José de Jesús Sánchez Remy como secretario; Héctor Alfonso Valdés Vidiella, tesorero; y como vocales: Juan José Terrats Monjiote y José Manuel López Soto.
A partir de entonces la vida del Colegio se manifiesta en el compromiso y la responsabilidad de los siguientes 14 Consejos Directivos, de los cuales, los primeros 4 quedaron integrados por arquitectos que estudiamos fuera, ya que no existía una escuela de arquitectura en Yucatán. En el año de 1984, es electo el quinto Consejo Directivo cuya presidencia recae en Mario Alberto Peniche López, integrante de la primera generación de egresados de la escuela de Arquitectura de la Universidad de Yucatán. A partir de entonces, otros 9 Consejos Directivos integrados por jóvenes de las nuevas generaciones, la mayoría egresados de los centros yucatecos de educación superior, han tenido la responsabilidad de la adecuada conducción del Colegio.
Cada Consejo Directivo, y en lo particular cada presidente, hemos participado en actividades relacionadas con la actividad gremial, siendo anfitriones en eventos locales, regionales, nacionales, o bien asistiendo a los reuniones y eventos convocados por las autoridades civiles o por organizaciones sociales locales y en algunos casos, hasta en reuniones internacionales. En estos asuntos, nuestra voz se ha escuchado, algunas veces para bien, otras, en franca oposición, pero en todos los casos, las intervenciones han sido respetuosas, con sentido crítico, con propuestas y con argumentos muy sólidos.
Cuando iniciamos, las reuniones eran en las oficinas particulares de los agremiados y luego en las terrazas del Colegio Peninsular, que el buen amigo Eric nos facilitaba para ello. Carlos Semerena Laviada, presidente del Consejo Directivo 1980-1982 consiguió colocarnos con un grupo de profesionales y empresarios de la construcción que estaban promoviendo la adquisición de un predio para construir un edificio en el cual agruparse, y así nos hicimos del terreno donde se encuentra nuestra sede. El proyecto y la edificación del mismo estuvo a cargo de Roberto Ancona Riestra, realizándose los trabajos de 1986 a 1993, en los períodos de tres Consejos Directivos (Jorge Carlos Zoreda Novelo; Augusto Quijano Axle y Enrique Duarte Aznar).
Finalmente, y después de algunos trabajos de remozamiento y mantenimiento, el pasado viernes 22 de septiembre, en sencilla pero solemne y emotiva ceremonia en nuestra sede, con las intervenciones de Fernando Alcocer Ávila, Enrique Duarte Aznar, Roberto Ancona Riestra, y Doña Beatriz Moreno de Manero acompañada de su hijo Enrique, nuera y nietos, se develaron dos placas conmemorativas; la primera, dándole al recinto de eventos el nombre de Salón Enrique Manero Peón y la otra, con los nombres de los fundadores del Colegio y de su primer Consejo Directivo.
En el tiempo que nace el Colegio, el ambiente nacional y local estaba envuelto en la tendencia mundial de la planeación y de los programas de desarrollo urbano, así que nos estrenamos como una de las organizaciones profesionales que integraron los primeros Consejos Consultivos de Desarrollo Urbano tanto a nivel Estatal, que fue el primero, así como el Municipal de Mérida que fue el segundo (22 de junio de 1976). También por esas fechas participamos en el estudio y análisis para formular la primera Ley Estatal de Desarrollo Urbano y la revisión de las Ordenanzas Municipales de Construcción de 1917 y que se convirtieron en el Reglamento de Construcciones del Municipio de Mérida durante la Administración Municipal de 1976 a 1978. Desde ese entonces y hasta la fecha, el Colegio ha tenido cuando menos un representante con derecho a voz y a voto cada vez que se han tratado estos temas o aquellos que tienen que ver con el quehacer urbano en el seno de los Consejos de Desarrollo Urbano, organismos que por ley, deben de existir y operar como entidades públicas de consulta.
El Colegio puede estar orgulloso de su participación en la formulación de otros instrumentos urbanos estatales como lo son: la Ley de Asentamientos Humanos; la Ley de Fraccionamientos; la Ley para la Integración de Personas con Capacidades Diferentes; las reformas y adecuaciones que en tres ocasiones más se le hicieran al Reglamento de Construcciones Municipales; dos actualizaciones al Programa Estatal de Desarrollo Urbano y, tres adecuaciones al Programa de Desarrollo Urbano del Municipio de Mérida. También hemos participado emitiendo nuestra opinión y recomendaciones en proyectos urbanos relevantes y de fraccionamientos, así como en algunos programas parciales urbanos, como el del Centro Histórico de Mérida, el de Vialidad y Transporte y el de Comercialización y Abasto, sin olvidarnos que a nivel Estatal se ha participado con opiniones en los programas de desarrollo urbano de las localidades de Progreso, Izamal, San Felipe, Valladolid, Kaúa y Pisté.
También es motivo de orgullo para el Colegio el poder contar entre sus agremiados con profesionales que se han destacado a nivel local, nacional e internacionalmente, dejando testimonio de su capacidad creativa, en las bienales o con sus proyectos y trabajos en obras privadas y públicas en la localidad.
Pero la vida del Colegio no es solo la responsabilidad gremial que exige tiempo y dinero en juntas o en reuniones maratónicas; también es importante la vida social. Aún recuerdo gratamente la cena de gala con la que se clausuraban los trabajos de la Primera Reunión Regional Sureste, con la presencia de todo el Consejo Directivo Nacional de la FCARM, y de las Autoridades Estatal y Municipal, cena en la que, en emotiva ceremonia, le fue entregada a D. Carlos Castillo Montes de Oca, una cuchara de plata ensartada en un dado de piedra pulida de Ticul, como un reconocimiento gremial a sus 60 años de ejercicio profesional, lo que lo convertía de facto en el Decano de los arquitectos en activo, a nivel nacional. También a mi memoria regresan las reuniones con esposas en casa de Enrique y de Beatriz Manero previas a la navidad o cuando el Güero cumplió sus 30 años de ejercicio profesional. Tampoco puedo olvidar los viajes, recorridos y aventuras que hiciéramos algunos colegas yucatecos en otras entidades del país, ni los encuentros y las anécdotas con colegas de otros colegios de la república que, una vez concluidos los trabajos de las asambleas, compartíamos costumbres, comidas, bebidas, en fin, todo aquello que forma nuestra rica cultura, que brota por el maravilloso territorio nacional.
Durante los días previos a esta noche y aún en éste momento, los recuerdos se agolpan y fluyen en tropel; también estoy seguro que cada uno de Uds. tienen mucho que contar, haciendo que la suma de todo ello, sea la historia que enriquece nuestros primeros 30 años de existencia. Me tocó el privilegio de ser parte de los fundadores y de presidir el primer Consejo Directivo y, años más tarde, ser integrante junto con Manero, Eric, Chalín y Héctor, del primer Consejo de Honor; tuve la satisfacción de participar en la fundación de la primera escuela de arquitectura en Yucatán y de haber sido maestro de algunos de Uds. y, circunstancialmente, aún ahora que estoy colaborando con el Colegio en los cursos de actualización profesional. En estos treinta años, he visto el impacto y la transformación de nuestra ciudad como consecuencia de la participación profesional de los arquitectos; en fin, he recorrido los primeros 30 años con mi Colegio.
Con especial ánimo, el recién electo décimo quinto Consejo Directivo que preside Fernando Alcocer Ávila para el período 2006-2008, ya se dio a la tarea de reafirmar nuestra presencia ante la sociedad, haciendo ruido con eventos y cursos de actualización profesional. En la pasada Asamblea, fue renovado el Consejo de Honor, integrándolo con algunos de los arquitectos con mayor antigüedad en nuestro gremio, iniciativa que manifiesta el respeto, reconocimiento y afecto por aquellos a quienes se les facilita la práctica del PEP: Paciencia, Experiencia y Prudencia, virtudes necesarias para atender aquellos asuntos relacionados a su encomienda y en otros, de importante trascendencia, como lo es la actualización de los estatutos y de los aranceles profesionales. También hay que ser muy conscientes de que la labor del Colegio no recae sólo en el Consejo o en su presidente, es responsabilidad de todos los colegiados máxime que, a diferencia de algunos organismos profesionales en otros estados de la república que reciben subsidio oficial, el nuestro es económicamente independiente, pero también económicamente insuficiente, para poder realizar sus acciones, compromisos y proyectos. Quiero dejar constancia pública que la mayoría de nuestros eventos se pueden realizar y son un éxito, gracias al apoyo de empresas relacionadas con nuestra actividad, siendo ésta, una de las tantas formas en las que nos demuestran su afecto.
Recordemos que como institución gremial, el Colegio no es una cámara empresarial cuyo principal objetivo es la actividad mercantil; tampoco es una atalaya o un coto para explotar intereses personales. El Colegio es algo mucho más sublime, de mucha mayor trascendencia; su esencia esta en velar por la calidad y la integridad de sus agremiados, para que el quehacer urbano-arquitectónico se conciba y edifique respetando el medio natural, los valores socio-culturales y los instrumentos jurídicos que le garanticen a la sociedad en la que vivimos, espacios habitables dignos y sustentables. A nadie se le obliga a pertenecer a un Colegio, a el simplemente se desea pertenecer y esa debe de ser una de nuestras metas particulares inmediatas: incitar y provocar ese sentido de pertenencia, el orgullo de ser.
A nombre de “Los Arquidinos o los Dinotectos”, aquellos que iniciamos este Colegio que ya no es un sueño, los invito a renunciar a la inercia de una existencia ya manifiesta; los invito a iniciar el Re-nacimiento del Colegio, a fomentar el sentido de pertenencia; a realizar la práctica profesional con mucha pasión, pero con sabiduría y serenidad; actuando con ética. Hagamos el compromiso de defender todos aquellos valores que nos identifican como arquitectos y, que se nos distinga por la manera solidaria de servir a la sociedad, no vista ésta como una definición, sino como un conglomerado cultural de seres humanos que necesitan espacios habitables para tener una vida digna y saludable.
Mérida, Yuc., a 30 de septiembre de 2006.
Manuel J. Castillo Rendón, M. A.